miércoles, 16 de febrero de 2011

Todavía suspiro al oír el nombre de aquella niña, y todavía me aterroriza oír aquel nombre: Madame Violet. Mi nombre es Alain, tengo nueve años y todo empezó aquella noche tan fría de invierno.
Yo era huérfano y vivía con mi tía Cécile. Ella ya era muy mayor y estaba muy enferma, me pasaba días enteros cuidándola pero aquella noche estaba mucho peor que de costumbre. Nunca había estado tan mal, por lo que llame al Dr. Bernard. Cuando llegó me obligó a marcharme. Estuvo horas y horas hasta que salió de la habitación. No sabéis la alegría que me dio verle, pero esa alegría pronto cambió a una profunda tristeza cuando me lo dijo. Sí, mi tía, la persona con la que había estado toda mi vida, había muerto.
El doctor me dijo que como ya no tenía ningún familiar debía ir a un orfanato. Yo intenté escaparme pero él fue más rápido que yo y me llevó a aquel lugar donde viviría durante mucho tiempo, aquel lugar lleno de gente desconocida para mi, el orfanato de la Rue Rivoli. Aquella fue la última vez que vi al doctor Bernard.
Al llegar me recibió Madame Violet. Al verla pensé que era una mujer muy misteriosa y maligna y pronto me di cuenta de que no me equivocaba. Ella reunió a todos los niños y niñas del orfanato para presentarme ante ellos. Y allí estaba ella, una niña de unos ocho años, con una larga melena rubia y una sonrisa que brillaba como mil estrellas. Cuando Madame Violet terminó de presentarme, ella y un niño se acercaron a mí y me dijeron.
-          Ten mucho cuidado con Madame Violet. Si un niño se porta mal le lleva a su despacho y esa es la última vez que se le vuelve a ver- dijo el niño-. Por cierto, mi nombre es Edgar.
Yo me quedé atónito cuando me lo dijo. Más tarde ella añadió:
-          No te preocupes, tú quédate con nosotros y no te pasará nada. Mi nombre es Elizabeth y llevo aquí desde los cuatro años – dijo aquella niña.
Me limité a asentir con la cabeza y pronto nos fuimos los tres a jugar. Intercambiamos anécdotas de nuestra anterior vida, unas alegres y otras tristes pero pronto nos hicimos los tres muy amigos.
Pasaron días, meses e incluso años, hasta que un día jugando al futbol Edgar, mi mejor amigo, tiró la pelota y rompió un cristal.
Los tres nos miramos estremecidos, sabíamos que anteriormente un chico llamado Martín también rompió un cristal y nunca se le volvió a ver. No teníamos otra opción, teníamos que escaparnos.
Pronto recogimos nuestras pertenencias y salimos corriendo en busca de alguna salida, pero ¿qué íbamos a hacer tres chicos de unos catorce años fuera del orfanato? Ya daba igual, Madame Violet nos llamaría a su despacho y desapareceríamos como los otros niños. Ya estábamos casi fuera cuando Madame Violet nos descubrió intentando escapar. Edgar y yo ya habíamos saltado la verja, sólo quedaba Elizabeth, pero Madame Violet fue más rápida que nosotros y la cogió antes de que pudiera saltarla. Ella gritó:
-          ¡No, suéltame! ¡Marchaos, no me pasará nada! ¡Todavía estáis a tiempo! ¡Iros!
Edgar empezó a correr pero yo no podía, estaba enamorado de ella, no podía dejarla sola. Mi mente estaba nublada no era capaz de reaccionar. ¿Qué debía hacer? ¿Correr con mi amigo y dejar a la persona que amo a disposición de aquella malvada mujer o intentar salvarla arriesgándome a un peligro todavía por descubrir?
A quién quiero engañar, mi amor por ella era más fuerte así que intenté volver para salvarla. Pero Madame Violet era muy astuta y nos cogió a los dos. Arrastrados por ella nos llevó a su despacho.
Cuando estuvimos dentro cerró las persianas y abrió una trampilla que había en el suelo obligándonos a meternos dentro. Allí nos encontramos con muchos de los niños que anteriormente habían desaparecido. Madame Violet llamó a uno de los niños que estaban allí. Al cabo de un rato oímos unos gritos estremecedores que cesaron pasados unos minutos.
Elizabeth estaba aterrorizada así que la abracé fuertemente hasta que se calmó. Nos acercamos a una niña llamada Angelique para preguntarla que estaba pasando, qué hacíamos allí, por qué se había llevado a ese niño y por qué había gritado. Ella nos contó que Madame Violet cada día mataba a un niño y que no intentásemos escapar porque sería imposible.
Pasaron varios días sin que hiciésemos nada pero yo no podía quedarme de brazos cruzados así que ideé un plan para escapar. Se lo dije a mi querida Elizabeth y lo llevamos a cabo. Nos escondimos en un lugar donde no nos podía ver y nada más abrir la trampilla la tiramos por la escalera que llevaba abajo y salimos corriendo.
Ella se levantó velozmente y salió tras nosotros. Yo agarré a Elizabeth para ir más rápido pero todavía no sé de dónde Madame Violet sacó una pistola y la disparó. En ese momento mi amada, la persona que me daba una razón para vivir cayó al suelo envuelta de sangre debido al disparo. Ella solo pudo pronunciar un “te quiero”
Mis ojos en ese instante se llenaron de lágrimas, no tenía fuerzas para seguir corriendo. Madame Violet había eliminado lo que más quería en este mundo, ella. No sé cómo ni de dónde saque fuerzas, pero continué corriendo. Cuando estaba fuera me gire  y vi su cuerpo, a través de la verja desplomado en el suelo.
La tristeza me invadía, mi vida sin ella no tenía sentido pero tampoco podía quedarme quieto y esperar a que Madame Violet me matase igual que hizo con mi querida Elizabeth, por lo que eché a correr. Ya llevaba horas corriendo cuando me desplomé en el suelo por el cansancio y la tristeza que se apoderaban de mí.
Al día siguiente me desperté en el mismo lugar en el que había caído aquella noche. A lo lejos vi mi diario en el cual había escrito todo lo sucedido desde que llegué al orfanato. Cogí mi pluma y escribí todas estas palabras.
Después de todo lo sucedido durante toda mi vida, la muerte de mis padres, de mi tía y ahora de la persona a la que más quiero en el mundo me encuentro sólo frente a las dificultades de la vida. Con estas últimas palabras que escribo con mi vieja pluma me gustaría decir que la he amado desde el primer día en el que la vi, que mi vida sin ella no tiene sentido, que era la sangre que corría por mis venas, y ahora que no la tengo es como si estuviese muerto.
Mis fuerzas se han agotado, sin ella, que era el sol que alumbraba mi vida no merece la pena vivir. Así que con estas palabras me despido, espero que en la otra vida pueda reunirme con ella y amarla como no he hecho nunca.



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